Fernando Balcells: “La primera preocupación es evitar una nueva confrontación entre quienes quieren imponer el regreso de Baquedano y quienes quieren borrar la historia de la plaza”

Sociólogo, reconocido por su participación en el colectivo artístico CADA (Colectivo de Acciones de Arte) durante la dictadura de Augusto Pinochet. A décadas de esa experiencia, Balcells se encuentra impulsando el proyecto “Por el plinto y la plaza”, iniciativa que busca resignificar el plinto vacío de Plaza Baquedano o la plaza sin nombre, como actualmente la denomina.

En un clima otoñal, con hojas esparcidas por la vereda, Fast Check CL llegó hasta el departamento del sociólogo Fernando Ballcells, quien nos recibió con una taza de café y un libro del filósofo alemán Walter Benjamín. Atrás quedaron esos años cuando fundó el colectivo artístico CADA (Colectivo de Acciones de Arte) -junto a Juan Castillo, Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld y Raúl Zurita-, en el transcurso de la dictadura de Augusto Pinochet.

Al día de hoy, algo de ese espíritu innovador del CADA sigue vigente. Lo dice -y lo cree- en relación al proyecto “Por el plinto y la plaza”, una iniciativa que busca resignificar el plinto vacío de Plaza Baquedano o “plaza sin nombre”, como ahora le llama, a través de un concurso ciudadano que busca transformar este espacio en un símbolo de memoria y proyección hacia el futuro.

La Real Academia Española (RAE) define el plinto como la “parte inferior y cuadrangular de la pieza que sirve de base a una columna o a una estatua”. Para Fernando Ballcells, esto más que un mero soporte.

“Somos un país que se conformó en el conflicto”

— ¿Cómo nace y cuál es la intención detrás del proyecto “Por el plinto y la plaza”?

El trabajo nace de inquietudes que tenía hace muchos años con el plinto vacío. En algún momento se me ocurrió utilizarlo para proyectar un holograma con imágenes giratorias en 3D, que representaran a las distintas fuerzas que pasaron por la plaza en los últimos 10 años. Me encontré con Matías Correa, que tiene el sitio “La cosa de la plaza”, como él llamó al plinto. Retomamos la pregunta sobre qué hacer con él, pero desde una mirada favorable: salvemos el plinto, mantengámoslo y démosle una cierta dignidad.

La primera preocupación es evitar una nueva confrontación entre quienes quieren imponer el regreso de Baquedano y quienes quieren borrar la historia de la plaza. Esas decisiones de autoridad solo reproducen un conflicto que puede superarse si se miran las cosas de otro modo.

— Lo mencionaste al último. ¿Qué te ha parecido cómo las autoridades, el Consejo de Monumentos, han tratado este tema?

Toda la discusión institucional gira en torno a las siguientes posibilidades: uno, que vuelva el general Baquedano a instalarse en su plinto. Dos, que se elimine el plinto, que se saque de ahí con motivo de que hay que repararlo. Tres, que se instalen estatuas nuevas, de Gabriela Mistra, por ejemplo. Todas esas alternativas tienen la dificultad de pensar en el pasado y no solo pensar en el pasado, sino repetir las confrontaciones del pasado.

— En esa confrontación que identificas, ¿consideras que es histórica, ideológica o cultural?

Tiene todas esas dimensiones, pero proponemos un camino distinto. Los conflictos culturales e históricos no se superan por declarar o no un monumento, pero sí si cambias la idea de lo que es un monumento. Si dejas de verlo como algo del pasado y lo conviertes en un lugar de experiencias del presente y del futuro, entonces puedes, al menos, evitar conflictos absurdos como pelear por Baquedano.

No buscamos eliminar la defensa del país ni tenemos problemas con el Ejército. Lo que proponemos es cambiar el foco: este evento histórico dejó una ruina, un resto. Si el arte la toma y la resignifica, se convierte en un activo cultural, un lugar de reunión, donde lo principal es la convivencia. Así deja de ser un punto de enfrentamiento inútil. Por supuesto que hay conflictos históricos que arrastramos desde siempre. Somos un país que se conformó en el conflicto.

“El plinto es el símbolo más claro de que esos enfrentamientos no conducen a ninguna parte”

— En la página web del proyecto dicen: “El plinto vacío es llevar la atención sobre nuestra cultura incapaz de resolver nuestras disyuntivas”, ¿cuáles son esas disyuntivas?

Una de las gracias del plinto es que, si miramos los últimos cinco años de historia en Chile, todos hemos sido derrotados. Los que apoyaron la primera convención, y los que apoyaron la segunda. El plinto refleja que, entre mapuches y huasos, entre los españoles que se quedaron con la tierra y los mapuches privados de ella, entre los más pobres y los menos pobres, existen identidades históricas que es importante reconocer, sin persistir en enfrentamientos que no nos llevan a nada.

El plinto es el símbolo más claro de que esos enfrentamientos no conducen a ninguna parte. Tenemos que abrir conversaciones.

— ¿Y esa apertura de conversación se canaliza a través del concurso?
Creemos que es necesario un concurso público, generado por la sociedad civil. No por la política, ni por grandes empresas o fundaciones, sino por gente interesada en el destino de los espacios públicos. Es importante que sea una entidad inexistente, pero representativa: artistas, arquitectos, profesores, gente de la cultura.

El concurso busca dejar todas las opciones abiertas: que vuelva Baquedano, que el plinto quede solo, que se mezclen figuras como Gabriela Mistral y Baquedano. Lo relevante es que el jurado no esté sesgado y que tenga como fin encontrar la mejor alternativa artística para la convivencia.

— Plaza Italia, Plaza Baquedano, Plaza Dignidad. No hay una sola denominación para este lugar, a diferencia de otros sitios emblemáticos. ¿A qué responde este fenómeno?

Responde a que históricamente ha sido un eje central en el desarrollo de Santiago. Ese sector siempre ha sido un lugar de encuentro en el valle del Mapocho, incluso desde la ocupación inca. Por mucho tiempo fue el límite de la ciudad y hoy concentra la mayor densidad de monumentos históricos del país.

Yo prefiero decirle simplemente “la plaza”, porque de todos los nombres que ha tenido, hoy no tiene ninguno. Me encantaría que se llamara “Plaza Italia Baquedano de la Dignidad”. Y si quieren ponerle dos nombres, no me molestaría. Los nombres deben ser comprensibles, claros, e incluir lo más posible de la historia y del carácter del lugar.

“El plinto nos ofrece la posibilidad de pensar ese enfrentamiento de otra manera”

— Pasado el tiempo, ¿cómo recuerdas el impacto que tuvo el grupo CADA en esos años de dictadura?

El impacto del CADA fue enorme porque proponía salir del arte para volver a la sociedad, sin pasar necesariamente por los símbolos de la lucha directa. Le daba nuevos significados a lugares, prácticas, carencias; trabajaba con la memoria. Por ejemplo, traer de vuelta el medio litro de leche, que había sido una conquista de la UP y luego fue abandonada.

La fuerza del CADA venía de eso: transformar la ciudad en un espacio de prácticas artísticas, en una escultura social. En cada acción participaron pintores, escultores, escritores, publicistas, y decenas de personas. En algunas, sobre todo la primera, llegaron a ser entre 100 y 200 artistas, muchos de forma anónima, lo que le dio un carácter masivo.

— ¿No hay similitudes entre lo que hacía el grupo CADA y lo que actualmente es el proyecto “Por el plinto y la plaza”?

Sí, están en lo que los lingüistas llaman resignificación: darle un nuevo significado a cosas viejas. ¿Cómo se hace? Juntando elementos heterogéneos. El CADA, por ejemplo, hizo circular camiones Soprole y los estacionó frente al Museo de Bellas Artes, relacionando la leche —una necesidad básica— con el arte, que parece algo lejano. Así puso al museo a mirar hacia afuera, a lo cotidiano. Era una relación transformadora.

Lo mismo hacemos ahora: proponer que algo antes considerado menor o subordinado —el plinto— se vuelva protagonista. Ahí paró el vandalismo, ahí están los restos del estallido social. El plinto nos ofrece la posibilidad de pensar ese enfrentamiento de otra manera.

CADA fue también una plataforma que relevó figuras importantes como, por ejemplo, la de Raúl Zurita. ¿Compartes la premisa?

Creo que sí, que fue una plataforma importante, pero la obra de Zurita de todas maneras habría llegado a ser lo que es. Si bien el CADA le dio a Zurita, a Lotty Rosenfeld, al mismo Juan Castillo, una gran plataforma para su obra posterior, fueron ellos los que hicieron —con sus talentos enormes— de CADA una máquina de creatividad y de audacia. En esa época, cuando hicimos pasar aviones en formación y tirar panfletos sobre Santiago, todo eso era controvertible, audaz, no era simple. Decían: “estos huevones están poniendo aviones para bombardear Santiago, para bombardear de nuevo La Moneda”.




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